lunes, 2 de octubre de 2017

Motivación del empleado y competitividad de las Administraciones Públicas

    Como sabemos, el EBEP de 2007 introdujo en nuestro ordenamiento importantes novedades encaminadas a mejorar la eficacia y eficiencia de nuestras Administraciones Públicas, centradas -obviamente- en las personas que hacen posible el trabajo y los resultados que desarrollan: los empleados públicos [1].
   
    Uno de los aspectos en los que parece incidir el Estatuto es la mejora de su motivación,  que introduce en su exposición de motivos como elemento íntimamente conectado a la novedosa herramienta de la evaluación del desempeño. Sin embargo, también hay que decir que la importancia de la motivación del empleado público parece quedar un tanto relegada a un segundo puesto al mencionarse solamente una vez, en la exposición de motivos (que por cierto desaparece en el Texto Refundido).



   Afortunadamente, debemos considerar la verdadera importancia de la motivación del empleado público por su conexión con la evaluación del desempeño, que como destacada novedad en el EBEP llamada a resolver una parte importante de los problemas de productividad y de motivación en la Administración, sí tiene una regulación y un peso más amplio en el texto.

   Pero, ¿es necesario motivar al empleado público?¿qué relación tiene la motivación con la competitividad de la Administración?¿se puede motivar sin evaluación del desempeño? Estas son solo algunas de las  preguntas que podríamos hacernos al respecto de la motivación en la Administración y sus efectos beneficiosos para el trabajo particular del empleado público y para los resultados de aquella.

   A la primera pregunta creo obvia la respuesta afirmativa. Los empleados públicos son trabajadores y las Administraciones son organizaciones como puedan ser las empresas privadas (con sus diferencias). En cualquiera de ellas se trabaja por unos objetivos que dependen en gran medida del factor humano. La Administración es lo que sus empleados son; necesita de su personal, de su talento, proactividad y de la innovación que pueda aportar para mejorar su día a día. Una buena Administración, eficiente y competitiva es una Administración con empleados competitivos y estos deben ser los mejores y dar el cien por cien de sí mismos, para lo que tienen que estar suficientemente motivados.

    Y aquí encontramos el nexo de unión entre motivación y competitividad y la segunda cuestión, para lo que primero deberíamos hacer una breve reflexión sobre si existe la competitividad en las Administraciones Públicas. Obviamente no debemos entenderla en el sentido más puro del ámbito mercantil en el que cada empresa compite con sus adversarias. La competitividad administrativa existe aunque está más limitada y debe entenderse de otro modo. En primer lugar, hemos de considerarla como la puesta al día y la utilización de las últimas tecnologías y procesos para dar respuesta a sus fines eficaz, eficiente, y de acuerdo a las demandas de la sociedad actual. 

    Si una Administración no se ha puesto al día en TIC, transparencia, etc. o no es proactiva y no entiende lo que el ciudadano demanda, no solo no cumple con el ordenamiento sino que no será competitiva, será una organización anquilosada que no sabe dar cumplida respuesta a sus ciudadanos y estos lo verán y la valorarán negativamente.
    Por desgracia aún existen Administraciones que no son competitivas porque todavía utilizan procesos anticuados, porque sus gerentes no se han actualizado y porque se siguen inercias del pasado (recuerde el típico "esto siempre se ha hecho así").
    
    Por otro lado podemos entender la competitividad también entre Administraciones, de un modo más aproximado al concepto estricto de competencia pero con matices. Esto se da entre las del mismo nivel y sobre todo a la hora de valorar la calidad de vida y de los servicios, la seguridad, la presión fiscal, etc. Cuestiones, en suma, de la vida diaria que ayudan al ciudadano a elegir dónde vivir. Bien es cierto que no todo el mundo tiene la oportunidad de tomar esta decisión libremente por diversos motivos (laborales, familiares...) pero para aquellos que sí sabemos que hay clasificaciones o rankings de las mejores Comunidades o ciudades en las que vivir. Las Administraciones que ofrezcan mejores servicios serán más competitivas primeramente respecto de las de su entorno y en segundo término en relación a otras más alejadas y los ciudadanos y empresas las preferirán para vivir o instalarse.

    Y aquí entra en juego la motivación del empleado público. Ya dijimos que la Administración es lo que son sus empleados. Aquella es para el ciudadano lo que los empleados sean para este. El ciudadano evaluará a la Administración según el comportamiento de quien le atienda, y si queremos reflejar una imagen de Administración cercana, eficiente, proactiva y que se preocupa por el ciudadano no hay más remedio que invertir en formación y motivación del empleado público. No se trata únicamente de formación en trato al público; me refiero a que si queremos reflejar una imagen de Administración fresca, al día, eficaz, eficiente y, en suma, competitiva, deberemos crear ese necesario caldo de cultivo en las personas que trabajan en ella.

    Empleados motivados son empleados felices y que darán lo mejor de sí mismos para conseguir sus propios objetivos y los de sus Administraciones. Si estas logran motivarlos conseguirán que vayan más allá de sus tareas y funciones. Si se les motiva para que tomen ciertos riesgos y se les permite ser más autónomos se conseguirá mejorar procesos, innovar, encontrar formas más eficientes, rompedoras y "competitivas" de hacer las cosas.

    Como recuerda Sonia Rodríguez-Campos, Directora de la Escuela Gallega de Administración Pública, en la entrevista titulada "Un funcionario también puede ser muy competitivo", publicada en El Diario de Galicia del 1 de octubre de 2017, la crisis iniciada en 2008 supuso un aliciente para invertir en cursos de motivación dada la gran falta de ella existente en la función pública. También destaca que un funcionario puede ser muy competitivo. En efecto, Administración y empleados públicos deben crear y mantener una cultura administrativa que permita que estos se sientan partes de un todo con unos fines comunes y loables como es la satisfacción del interés general. 

    En este sentido y para concluir, quiero dar respuesta a la tercera pregunta que planteaba, ¿es posible la motivación sin evaluación? Por una parte queda claro que el EBEP conecta la motivación con la evaluación del desempeño. Esta es una herramienta potentísima para obtener información sobre lo que el empleado hace y cómo lo hace, y en tal sentido le permite conocer sus progresos, lo que le motiva y ayuda a mejorar. Sabiendo cómo lo estamos haciendo podremos mejorarlo. Esta es una máxima de la evaluación. También permite ligar resultados o desempeños con retribuciones o progreso profesional, que son las más directamente relacionadas con aquella en el EBEP.
 No obstante, y ante la falta de procesos de evaluación en nuestras Administraciones, también es posible motivar sin ella. Se puede lograr con cursos de formación (que también se menciona en el artículo 20 EBEP) enfocados a superar las resistencias ante los cambios, las dificultades o mejorando nuestro punto de vista en cuanto a lo que nos preocupa de nuestro trabajo, entorno y formas de actuar en nuestras organizaciones. 

    En definitiva, cursos y métodos de motivación hay muchos, la evaluación es uno de  ellos, quizás indirecto y enfocada a la obtención de información, pero no el único. Lo importante es buscar la manera de mantener ese espíritu de servicio al ciudadano y permitir que los empleados públicos lleven, en parte, las riendas del progreso de sus Administraciones. Solo así, cuando ellos sean competitivos, aquellas también lo serán.



Notas:
[1] Para no herir susceptibilidades recuerdo que cualquier referencia que hago en este blog a empleados públicos, funcionarios... debe entenderse en su acepción neutra, referida a los hombres y mujeres que forman parte de las Administraciones.

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